“Gran parte de la financiación disponible es muy rígida, está sujeta a cumplimiento normativo y ofrece un amplio margen de experimentación. Estos préstamos o transacciones requieren garantías, grandes pagos que pueden ser necesarios para la ejecución de las obras”, puntualizó.
Torres, empero, destacó que “si se apuesta por un gran proyecto, (los inversionistas) están dispuestos a escuchar, así que la oportunidad está ahí, el capital existe”.
“Puede que (el capital) esté fragmentado y desalineado, pero en Puerto Rico, sí lo hay. Lo que hay que hacer es, en concreto, alinear las prioridades y las intenciones en cuanto al capital”.
Actualmente, PSI desarrolla, junto a Vimenti y Boys & Girls Club de Puerto Rico, el proyecto Oasis 360 en la antigua escuela Dr. Cesáreo Rosa Nieves en San Juan.
La iniciativa, cuyo costo asciende a unos $150 millones, es respaldada por capital privado, fondos filantrópicos y subvenciones del gobierno federal.
“Todo se integra en una solución escalable basada en datos con resultados medibles en el empleo, la educación y la salud. Buscamos impactar a la comunidad y el aspecto social de la inversión financiera”, explicó. “Estamos demostrando que las soluciones comunitarias pueden atraer y desplegar capital a una escala muy interesante”.
Grosso modo, el capital de impacto es una modalidad de inversión dirigida a promover cambios socioeconómicos específicos. A veces confundida con la inversión sustentable porque comparten objetivos similares, la inversión de impacto identifica proyectos empresariales, comunitarios o del Tercer Sector que aporten a la autosuficiencia de una comunidad o región y que puedan tener el potencial de producir beneficios monetarios.
Algunos ejemplos podrían ser proyectos para contrarrestar los impactos del cambio climático, el desarrollo de infraestructuras para apoyar empresas agrícolas, proyectos para fomentar la educación en sectores poblacionales de riesgo, la financiación de microempresas o el acceso a vivienda asequible, entre otros.
Durante la charla, que fue la primera de una serie coordinada por Priin, también participó Juan David Ferreira, director de Programas de Latimpacto de Bogotá, en Colombia, y Ana Ramos, de la firma Just Strategies, con sedes en las ciudades de Filadelfia y San Francisco, en Estados Unidos.
Los panelistas coincidieron en que Puerto Rico cuenta con la capacidad para impulsar el capital de impacto y estrechar lazos no solo con Estados Unidos, sino con el resto de países latinoamericanos, donde diversas iniciativas sociales y ambientales, respaldadas por este tipo de inversión, están teniendo éxito.
“El continuo de capital implica las formas en que las organizaciones pueden invertir su capital para generar un impacto positivo y cómo este puede conectarse y generar un cambio sistémico a través de su flujo”, explicó Ferreira.
“Latimpacto cree que, para generar un impacto real, necesitamos trabajar en una visión que abarca desde la filantropía de riesgo hasta los criterios ESG (ambiental social y de gobernanza)”, agregó.
Tras su creación hace unos cinco años, la organización reúne a 220 proveedores de capital que invierten en más de 16 países de la región, incluyendo EcoCelerate, que dirige el puertorriqueño Luis Alberto Ferré Rangel.
“Para nosotros (Latimpacto), tiene mucho sentido tender puentes entre Puerto Rico y el resto de Latinoamérica”, aseveró Ferreira. “Creo que la razón por la que Latinoamérica ha pasado por alto a Puerto Rico se debe a que, como latinoamericanos, a menudo creemos que, si tienes acceso a todos los recursos en Estados Unidos, ¿por qué deberíamos preocuparnos por ti o interactuar contigo? Creo que debemos cambiar esa conversación y enfocarnos más en qué podemos aprender unos de otros y en cómo, al comprender honestamente el contexto de Puerto Rico, podemos aportar a Puerto Rico más allá de los recursos financieros”.
Por su parte, Ramos planteó que el contexto político y económico de Estados Unidos actual requiere que Puerto Rico mire a Latinoamérica.
A juicio de la experta, las organizaciones de la isla no deben depender exclusivamente de las subvenciones federales que respaldan iniciativas sociales y ambientales.
“No podemos depender de estas fuentes federales como antes. Creo que es clave observar cómo otros han estado realizando un trabajo impactante con menos acceso al capital”, recalcó Ramos.
Agregó que las subvenciones mantienen a los solicitantes en “una espiral” que carece de flexibilidad.
“Cada año tienes que solicitar más. Tienes que retroceder. Tienes que hacer todo lo posible para conseguir la financiación. En cambio, si consigues capital de inversión, podrías lanzar un proyecto más rápido, podrías tener más flexibilidad”, consideró.
“Debemos ser conscientes de cómo la deuda puede ser una gran herramienta para construir propiedad colectiva y generar riqueza comunitaria de una manera que creo que con las subvenciones, el dinero del gobierno, son mucho más difíciles de lograr”, acotó Ramos.
El segundo conversatorio acerca de la inversión de impacto se llevará a cabo el próximo 9 de julio. La plática se centrará en cómo las fundaciones y filántropos pueden apoyar -con subvenciones y capacitación- proyectos de inversión social en etapas tempranas. Arturo Celedón, director ejecutivo de la Fundación Colunga de Chile, será el orador invitado, mientras Laura Cantero, directora ejecutiva de Grupo Guayacán y Kinyta Smalls, directora de International Philanthropy completan el trío de expositores.
As originally reported by: El Nuevo Día